Crónica de un delito
Cuando los chicos terminaron de jugar al pool, decidieron ir a comer hamburguesas a un carrito que quedaba a seis cuadras de donde habían estado, justo en frente del boliche a donde siempre iban a bailar. Eran casi las 2.30 de la mañana de un domingo y las calles estaban bastante desiertas. Llegaron al boliche y, al no encontrar el carrito, comenzaron a caminar en otra dirección en busca de algo para hacer. Ya habían visto a un grupo de chicos de mal aspecto que les parecieron sospechosos circulando en bicicleta, pero no hasta que llegaron a la esquina de las calles San Juan y de la peatonal San Martín se dieron cuenta de que los estaban siguiendo. Fue entonces cuando empezó un estilo de persecución: Andrés y sus amigos corrían y los chicos se les acercaban rápidamente desde atrás. Corrieron tres cuadras sin parar, doblaron en Mitre a la derecha y siguieron corriendo hasta llegar a una cortada llamada Ricardone. Ahí respiraron un poco al ver que los habían perdido, pero fue cuando se enteraron de que Julián había desaparecido.
"Julián vio que venía alguien y me trató de avisar golpeándome el brazo, pero le erró. El pensó que yo me había dado cuenta y corrió para otro lado creyendo que nosotros veníamos detrás de él, pero nosotros nunca nos dimos cuenta. Juan José y yo estábamos solos a mitad de cuadra preguntándonos qué le había pasado cuando miramos para atrás y apareció un chico corriendo por el lado de en frente. Yo estaba bastante desorientado por la situación y me quedé estático. El chico empezó a cerrarse y apareció al frente mío y ahí comenzó una serie de forcejeos". Mientras tanto apareció otro chico más grande que lo amenazó a Juan José. Andrés, asustado por la idea de que los delincuentes estuvieran armados, no se movió y entre los dos chicos lo agarraron y le robaron.
Descalzo caminó hasta la plaza Montenegro con su amigo en busca de Julián. Cuando se reencontraron, Julián les contó que cuando salió corriendo fue perseguido por uno de los chicos que le quiso tirar su bicicleta encima para detenerlo. Logró saltarla y siguió hasta llegar a una parada de colectivos, donde se le acercó a un hombre de entre 28 y 30 años para avisarle lo que había pasado y para pedirle ayuda. "El tipo muy amablemente le dijo `Bueno, vamos que lo llenamos de balas´ y cuando se levantó la remera Julián vio que tenía un .38 en la cintura. Quedó muy sorprendido y le dijo que no, que no era para tanto". El hombre terminó siendo un ladrón que había estado esperando algo o alguien en la parada, pero a los cinco minutos de hablar con Julián lo pasó a buscar un colectivero amigo suyo porque quería escapar del policía que supuestamente estaba por llegar. Se había memorizado los horarios.
Después de compartir historias, los chicos se tomaron un taxi y se fueron a la casa de Julián. Luego llamaron a los papás de Juan José para que los vinieran a buscar. Al día siguiente hicieron una denuncia, pero no sirvió para mucho. Afortunadamente, Andrés pudo recuperar su celular a la semana, pero nada de lo demás. "Después de casi seis meses volví a ver al pibe que me robó las zapatillas. Yo estaba en el Monumento de la Bandera hablando con una amiga cuando apareció el pibe con dos locos más con mis zapatillas puestas y me lo quería comer crudo. Más allá de estar oscuro, lo reconocí, pero no él a mi". Dice que ahora tiene mucho más cuidado cuando sale y que inevitablemente mira a su alrededor unas diez veces por cuadra para asegurarse de que no haya nada o nadie sospechoso.
- T.P. de Intro. al Periodismo
