jueves, junio 29, 2006

Crónica de un delito

A los 15 años, Andrés Gastiaburo, un empleado de una ferretería industrial de Rosario, fue víctima de un delito en el cual una banda de chicos entre 18 y 20 años le robaron sus zapatillas, su reloj, su riñonera y su celular. De sus dos amigos que estaban con él esa noche, Juan José presenció el robo y le amenazaron con dispararle, y Julián, después de ser perseguido, logró escapar y se encontró con otro ladrón que, queriéndolo ayudar, le ofreció llenar de balas a los chicos que lo habían perseguido. Luego de cinco años, Andrés contó que "fue todo medio traumático".
Cuando los chicos terminaron de jugar al pool, decidieron ir a comer hamburguesas a un carrito que quedaba a seis cuadras de donde habían estado, justo en frente del boliche a donde siempre iban a bailar. Eran casi las 2.30 de la mañana de un domingo y las calles estaban bastante desiertas. Llegaron al boliche y, al no encontrar el carrito, comenzaron a caminar en otra dirección en busca de algo para hacer. Ya habían visto a un grupo de chicos de mal aspecto que les parecieron sospechosos circulando en bicicleta, pero no hasta que llegaron a la esquina de las calles San Juan y de la peatonal San Martín se dieron cuenta de que los estaban siguiendo. Fue entonces cuando empezó un estilo de persecución: Andrés y sus amigos corrían y los chicos se les acercaban rápidamente desde atrás. Corrieron tres cuadras sin parar, doblaron en Mitre a la derecha y siguieron corriendo hasta llegar a una cortada llamada Ricardone. Ahí respiraron un poco al ver que los habían perdido, pero fue cuando se enteraron de que Julián había desaparecido.
"Julián vio que venía alguien y me trató de avisar golpeándome el brazo, pero le erró. El pensó que yo me había dado cuenta y corrió para otro lado creyendo que nosotros veníamos detrás de él, pero nosotros nunca nos dimos cuenta. Juan José y yo estábamos solos a mitad de cuadra preguntándonos qué le había pasado cuando miramos para atrás y apareció un chico corriendo por el lado de en frente. Yo estaba bastante desorientado por la situación y me quedé estático. El chico empezó a cerrarse y apareció al frente mío y ahí comenzó una serie de forcejeos". Mientras tanto apareció otro chico más grande que lo amenazó a Juan José. Andrés, asustado por la idea de que los delincuentes estuvieran armados, no se movió y entre los dos chicos lo agarraron y le robaron.
Descalzo caminó hasta la plaza Montenegro con su amigo en busca de Julián. Cuando se reencontraron, Julián les contó que cuando salió corriendo fue perseguido por uno de los chicos que le quiso tirar su bicicleta encima para detenerlo. Logró saltarla y siguió hasta llegar a una parada de colectivos, donde se le acercó a un hombre de entre 28 y 30 años para avisarle lo que había pasado y para pedirle ayuda. "El tipo muy amablemente le dijo `Bueno, vamos que lo llenamos de balas´ y cuando se levantó la remera Julián vio que tenía un .38 en la cintura. Quedó muy sorprendido y le dijo que no, que no era para tanto". El hombre terminó siendo un ladrón que había estado esperando algo o alguien en la parada, pero a los cinco minutos de hablar con Julián lo pasó a buscar un colectivero amigo suyo porque quería escapar del policía que supuestamente estaba por llegar. Se había memorizado los horarios.
Después de compartir historias, los chicos se tomaron un taxi y se fueron a la casa de Julián. Luego llamaron a los papás de Juan José para que los vinieran a buscar. Al día siguiente hicieron una denuncia, pero no sirvió para mucho. Afortunadamente, Andrés pudo recuperar su celular a la semana, pero nada de lo demás. "Después de casi seis meses volví a ver al pibe que me robó las zapatillas. Yo estaba en el Monumento de la Bandera hablando con una amiga cuando apareció el pibe con dos locos más con mis zapatillas puestas y me lo quería comer crudo. Más allá de estar oscuro, lo reconocí, pero no él a mi". Dice que ahora tiene mucho más cuidado cuando sale y que inevitablemente mira a su alrededor unas diez veces por cuadra para asegurarse de que no haya nada o nadie sospechoso.

- T.P. de Intro. al Periodismo

Celebración en el Obelisco tras el triunfo de la selección ante Serbia y Montenegro

"¡Vamos vamos, Argentina!" En la calle Arenales, entre Suipacha y Esmeralda, los gritos de felicidad de mis amigos comenzaron 5 minutos después de haber finalizado el partido de Argentina con Serbia y Montenegro el viernes 16 de junio. Los 6 goles de la selección nos provocaron tanta euforia que decidimos unirnos a la multitud que se dirigía hacia el Obelisco.
Agitando una bandera que medía 3 metros por 1,50, comenzamos la odisea de 10 cuadras que nos conducían al monumento. Al escuchar nuestros cantos, que incluían los temas más conocidos, como "Volveremos, volveremos" y "Olé, olé", la gente se asomaba por las ventanas y los balcones, se unía al griterío y tiraba miles de papelitos de cualquier color, que causaban un efecto de nieve.
Grupos de chicos se iban sumando al nuestro con más banderas, gorros y cornetas, casi todos usando camisetas. Aquellos que pasaban casualmente por al lado, al igual que los quiosqueros, todos los que trabajaban en los locales y hasta los recepcionistas de los hoteles por la calle Carlos Pellegrini nos alentaban. El recorrido duró unos 10 minutos, y cuando llegamos al Obelisco, la verdadera fiesta estalló.
El monumento era un mar de personas. Hinchas de diferentes cuadros unidos no sólo por el amor al fútbol, sino también por el amor a nuestro equipo, celebraban los goles de Maxi Rodríguez, Hernán Crespo, Esteban Cambiasso, Carlitos Tévez y Lionel Messi. Poco a poco íbamos quedando todos afónicos. Parecía como si nos hubiéramos consagrado campeones. Había globos de color celeste y blanco, tambores y vendedores ambulantes que ofrecían todo el merchandising del Mundial. Estudiantes de fotografía y cine llegaban corriendo con sus cámaras, periodistas luchaban por obtener el lugar con la mejor vista y turistas asombrados se sumaban a los festejos.
"¡Esto es impresionante! -exclamaba Daniel Smith, un turista inglés de 18 años que está de vacaciones en el país con su familia- En Inglaterra nunca hubiera pasado algo así. Es un quilombo, pero en el buen sentido". Michelle Griffith, una secretaria de 24 años de los Estados Unidos, contó que vio el partido en el bar de Recoleta, "Locos por el fútbol". "Estaba repleto y fue muy emocionante. Gritamos los 6 goles como locos". La celebración del Obelisco le parecía "genial".
"A mí me encanta venir acá después de partidos importantes. Es muy divertido, todo el mundo salta y todos son re buena onda", afirmaba Francisco Renó, un estuddiante de ingeniería en la UBA de 19 años. Aseguró que los montenegrinos consiguieron lo justo. "Jugaron muy mal y se enfrentaron a un equipo de primera que jugó muy, pero muy bien. Merecían irse a sus casas".
La fiesta siguió por horas. Alrededor de 3,000 personas pasaron por el monumento ese día. Nosotros, por nuestra parte, partimos rumbo a El Cuartito, sobre la calle Talcahuano al 800. Ahí nos sumamos a otra banda y continuamos la celebración, esta vez con pizza, Coca Cola y el partido de Holanda con Costa de Marfíl.

- T.P. de Intro. al Periodismo

jueves, junio 22, 2006

Perfíl de George W. Bush

"Si no hacemos la guerra, corremos el riesgo de fracasar". Se trata de una de las tantas declaraciones ridículas, conocidas como "bushismos", que ha hecho el presidente estadounidense, George W. Bush, desde que asumió el poder en enero del 2001. Bush se destaca como una de las figuras no sólo más conocidas del mundo actual, sino también una de las más importantes. Su fracasada política exterior es notoria y ha dejado a su país muy mal parado en las opiniones públicas internacionales y, más recientemente nacionales.
El líder de la pontencia mundial nació el 6 de julio de 1946 en el estado de Connecticut, pero se crió en el estado sureño de Texas. Siguiendo los pasos de su padre, el ex presidente George H. W. Bush, quien gobernó entre 1989 y 1993, y después de varias malas experiencias con compañías petroleras, decidió dedicarse a la política. El 8 de noviembre de 1994, se convirtió en el 46º gobernador de Texas, hecho que le dio la confianza necesaria para luego aspirar a la presidencia. Tanto dentro como fuera del país, Bush se distinguió por gobernar el estado en que más condenas a muerte se aplicaban, por el método de la inyección letal.
El 11 de septiembre de 2001, un pequeño grupo de musulmanes radicales secuestraron cuatro aviones de pasajeros en varios aeropuertos del norte de los Estados Unidos y los estrelló contra las torres gemelas del World Trade Center de Nueva York y contra el Pentágono en Washington D.C. Este acto premeditado sorprendió a los ciudadanos, ya que muchos estaban bajo la impresión de que jamás ocurriría algo así en su tierra, y causó la muerte de aproximadamente 3,000 personas. Dejó a la nación herida, incrédula y demandando justicia.
Bush le respondió al pueblo tomando medidas drásticas. Su primer paso fue atacar el Talibán de Afganistan y luego invadió Irak con el pretexto de que Saddam Hussein se presentaba como una amenaza por tener armas nucleares, dato que fue desmentido por los inspectores de las Naciones Unidas. El presidente y su gobierno lanzaron la guerra a pesar de no tener el respaldo de la comunidad internacional, salvo Inglaterra.
Tras la captura de Saddam Hussein, la popularidad de Bush incrementó, pero no duró mucho por la cantidad de actos terroristas realizados por Al-Qaeda en contra de las tropas norteamericanas y la cantidad de muertes de soldados registradas como consecuencia. Ya se cumplieron tres años desde el comienzo de la guerra y Estados Unidos todavía no logró capturar al hombre más buscado: Osama bin Laden.
Sin embargo, en estos últimos días consiguieron rastrear y matar al líder de Al-Qaeda, el jordano Abu Mussab al-Zarqawi, responsable de una sangrienta campaña de ataques suicidas y secuestros. Para Bush, este acontecimiento representa un alivo muy bienvenido. Afirmó que fue "un golpe severo" para la red de terroristas, pero que aún "la difícil y necesaria misión continúa in Irak".
Nadie tiene idea de lo que este poderoso hombre tan criticado tiene planeado para los restantes años de su presidencia controversial, ni cómo terminará, si es que tiene un fin, la "guerra contra el terrorismo", que, después de todo, es sólo un concepto, pero lo pronósticos no son favorables. Si la intención de Bush era disminuir la preocupación cuando dijo que estaban "empeñados en trabajar con ambas partes para llevar el nivel de terror a un nivel aceptable para ambas partes", no lo logró. Esperemos que sus futuras acciones sean más coherentes que sus previas palabras, ya que el estado del mundo y las relaciones entre las naciones dependerán de este fenómeno de hombre que, como se diría hoy en día por estas partes, "no caza una".

-T.P. de Intro. al Periodismo

sábado, junio 03, 2006

La Feria del Libro: una mirada interior

Es evidente: el que esté convencido de que el paraíso terrenal no existe nunca asistió a una de las treinta y dos Feria del Libro. Todos los años, La Rural, lugar donde se realiza este importantísimo evento latinoamericano y en el cual se reúnen editores, escritores, autores, libreros, distribuidores y científicos, se pobla de ciudadanos del mundo entero apasionados por la lectura. Pero también se pobla anualmente de aquellos porteños, a los cuales se los deberían considerar casi santos, que son contratados para trabajar en los numerosos stands y brindar ayuda a los que la deseen.
La Feria se encuentra llena no importa qué día de la semana uno la visite, pero los sábados son particularmente imposibles. A las 5 de la tarde del 29 de abril, la cola para entrar le daba la vuelta a más de la mitad de La Rural y la gente se continuaba sumando por montones. Era difícil evitar el mareo al entrar y menos después de haber recorrido un poco; ya a la media hora era necesario un descanso. Los empleados, unos 4 o 5 por stand dependiendo del tamaño, se mostraban listos para contestar cualquier tipo y estilo de pregunta, y la mayoría de los del Pabellón Verde encaraban a las personas con una sonrisa. Mariana Poblet, de 27 años, que trabaja para Santillan, era una excepción. Al preguntarle qué le parecía su trabajo, contestó: "Es terrible. Es así todo el tiempo -dijo moviendo las manos y refiriendose a la cantidad de gente-. Esto se parece a un rincón de la muerte; te molesta mucho". Comentó, además, que las horas de trabajo eran lo peor, desde las 13.30 hasta las 22 o 23 h.
Afotunadamente, no todos los empleados fueron tan pesimistas. Stelia Maris Rozas, de 39 años, es gerente de la editorial Heliasta Claridad y es también arquitécta. Sostuvo que atender al público era lindo porque "tenés contacto con la gente y surgen buenas ideas y tendencias cuando te tomás el tiempo de hablar con ellos y eso lo hace al trabajo mucho más interesante". Afirmó que era muy cansador y que la gente le hacía muchas "preguntas insólitas", pero que si uno se lo tomaba con humor y se recordaba que dura solamente unas 3 semanas, se le tornaba más fácil pasar el tiempo. Alejandra Caluva , de 36 años y de la editorial Océano, estaba de acuerdo y agregó que, aunque el día laboral es muy largo, "es trabajo y uno no se puede quejar".
El empleado más joven ese día era Martín Ciraolo, de 18 años, que trabaja en el stand de la editorial Siglo Veintiuno Editores y que todavía cursa la secundaria. Quizás por su edad, era uno a los que más le entusiasmaba su trabajo. "Tiene sus pro y sus contra", respondió cuando se le preguntó si le gustaba lo que hacía. "Por una parte, tenés la posiblidad de conocer autores y libros y también de familiarizarte con el ambiente. Pero por otro lado, son muchas horas las que uno pasa parado. Nosotros tenemos dos sillas nada más, pero siempre están ocupadas. Sólo nos dan un descanso de 30 minutos y no te queda otra que usarlo para comer". Mencionó que mucha gente era "muy copada", pero que muchos no, y que a veces les hacían preguntas raras. Entre risas dijo que "tenés que bancarte a todos los tarados que te vienen a preguntar cualquier cosa. Ayer me vino a preguntar una señora de 50 años si habían libros de educación sexual para niños a partir de los 3 años, por ejemplo. Fue terrible; ¡me quedé pasmado!"
Ahora saben: la educación sexual de sus hijos deberá dejarla para cuando se les pueda comprar el famoso Kama Sutra, pero no se preocupen porque de todos modos tienen una variedad enorme de ejemplares de diversos generos y una semana más para recorrer todos los pabellones, ya que la Feria permanecerá abierta hasta el 8 de este mes. De lunes a jueves la entrada sale $4,00 y los viernes, sábados, domingos y feriados, $6,00.

-T.P. de Intro. al Periodismo

jueves, abril 27, 2006

Cow Parade Buenos Aires: un éxito rotundo

Ya lo sabemos todos: hace casi un mes el barrio de Puerto Madero en Capital fue invadido por vacas multicolores. Afortunadamente, no se trata de otra protesta por el precio de la carne, sino del Cow Parade, un movimiento internacional que llegó a nuestras puertas después de haberse realizado en las principales ciudades del mundo, entre ellas Zurich, Praga, Bruselas, Nueva York, Chicago, Estocolmo, Tokio y Sydney.
Esta exposición original está integrada por 120 vacas, todas de tamaño normal, hechas de fibra de vidrio "sobre la cual los artistas pintaron y modelaron su proyecto", según informa la Coordinación General de Cow Parade Buenos Aires. Es un proyecto que envuelve a la comunidad entera y que cuenta con la participación de la Corporación Antiguo Puerto Madero S. A., quien decidió dar gran impulso a las actividades culturales en la ciudad.
El 8 de abril, como cualquier otro sábado de clima agradable, los diques estaban poblados de gente. Todos observaban curiosa y detenidamente las muchas y variadas obras de arte. La mayoría de las personas estaban fascinadas; se les notaba en la cara. Los chicos, como los hermanos Julián, de 6 años, y Gabriel, de 13 años, eran los que más disfrutaban; corrían de un lado a otro jugando y riendo. "Nos gustan mucho las vacas. ¡Son muy divertidas!" exclamó Julián, mientras paraba para tomar aire.
Pero no hay que ser chico para apreciar algo tan extraordinario. Annie Cassazza y Susan Lichtenstein, ambas turístas estadounidenses, decían entusiasmadamente que les encantaba la exposición. Preferían aquellas vacas que tenían una onda muy argentina, como la Vaca Milonguera, aunque todas les parecían bárbaras. "¡Nos cuesta decidir cuál es nuestra favorita!" dijo Susan entre risas.
Una pareja argentina se detuvo a admirar la vaca llamada Barbie Q, sin duda una de las más populares y una que causa mucha gracia. "Las vacas son muy pintorescas y muy simpáticas. Realmente están muy bien diseñadas y definitivamente embellecen mucho el paseo", afirmó Alicia Breuni de 50 años, que paseaba junto a su esposo Raúl. "La exposición nos parece muy novedosa y muy linda", remarcaron María Inés y Carlos, otra pareja argentina, también al ver a la misma vaca.
Sin embargo, había gente a la que no les caían nada bien, entre ellas Giovanna Cecchetti, Evelina de Luca, Loredana Velo, Lucía Bellussi y María Bertato. Las turístas italianas contaban que la misma exposición se realizó en Florencia, Italia, y que no entendían cuál era su propósito. "No tienen sentido y con ellas en el camino no puedo disfrutar del paisaje", reclamó Bertato. Cecchetti estaba de acuerdo. "No me gustaron en Florencia ni me gustan acá. No son obras de arte". Solo a una de ellas, a la sexta integrante del grupo, Ornella Bez, le gustaron. "Yo soy artista y por eso estoy fascinada. Me divierten mucho las posiciones y los colores me parecen muy atractivos".
Cuando se les preguntó si sabían que el evento tenía fines benéficos, respondieron que no.
Efectivamente, pocas personas saben que el evento es organizado en el país por el Instituto Leloir y Ediciones Larviere. Al término de los 3 meses en las que estarán en Puerto Madero, las vacas serán subastadas a beneficio del Instituto Leloir y Esclerosis Múltiple Argentina (EMA). El remate será realizado por la prestigiosa casa de subastas, Christie´s, y las más famosas serán televisadas.

- T.P. de Intro. al Periodismo

jueves, abril 06, 2006

Transporte Público

Bajo las escaleras a las corridas y siento cómo el denso calor humano asciende y me cachetea. Dejo atrás la acelerada vida de las calles bonaerenses y con mi Walkman en mano logro sumergirme en mi propio mundo; el ruido del subte no es precisamente música para mis oídos. Pago unos míseros setenta centavos, paso la barrera e inmediatamente siento temblar el piso. Momentos después veo que se acerca no un tren subterráneo, sino más bien lo que parece ser una lata de sardinas con ruedas. En seguida registro sin alterarme ni sorprenderme la cantidad de gente que ya viene viajando amontonada y sumamente apretada y le doy gracias a Dios de que todavía no me falló el metabolísmo y sigo siendo flaca. Camino hacia el fondo en busca de un vagón que no esté tan lleno y de milagro encuentro uno que considero pasable. Se abren las puertas y me deslizo hacia adentro cuidadosamente esquivando a todos los que tengo al frente. Me siento muy observada, pero no le presto atención a nadie. No hay de donde agarrarse; me conformo por ahora con separar los pies y balancearme. Las puertas se vuelven a juntar y quedo encerrada con centenares de desconocidos.
Termina una canción y comienza otra. La gente, ya acostumbrada a la presencia de personas nuevas, deja de mirar, lo cual me incentiva a mí a asumir el papel de observadora. Al primero que veo es a un chico recostado contra una de las paredes en pose de modelo: el típico rubio de ojos azules que te distrae por ser lindo. Desvío la vista al ver que sus ojos encuentran los míos; no tengo ganas de iniciar un jueguito de miradas. Decido, en cambio, concentrarme en aquellos que van cómodamente sentados. No puedo negar que los envidio. Una señora lee la novela Alexandros I de Manfredi y a sus costados la acompañan otras dos lectoras: una con un libro cuyo título no alcanzo a leer y la otra con unos apuntes de la facultad. Opuesto a ellas espío a un señor mayor, canoso, que le habla enérgicamente a otra señora. Por la música no logro escuchar lo que dice, pero sus gestos sugieren --o me lo imagino yo-- que le filosofea sobre la vida. A su lado una mujer intenta dormir. Abre los ojos, noto que las ojeras le llegan hasta el piso y siento su cansancio sumarse al mío. Termina la canción, empieza una lenta y la cambio por miedo a que se me cierren los párpados y siga volando.
Después de dos paradas me robo un asiento y mi perspectiva cambia. Ya no estoy a nivel de ojos; ahora los miro a todos como si de una posición inferior. Llego a contar cuatro hombres vestidos de saco y corbata, cada uno con un color diferente de camisa y con el mismo aire de empresario superado. Me sonrio y pienso que hasta los más "top" se tienen que resignar a usar el transporte público. Ahora es mi ego el que se infla. De pronto aparece de entre la multitud un hombre de negro que carga con su guitarra. Tiene algo que no me gusta, que me incomoda, pero no lo puedo decifrar. Toma asiento directamente al frente mío, apoya el instrumento sobre sus pies, se le acerca a la chica que tiene al lado y le empieza a leer el diario. Es una tendencia: pretender ser ciudadanos interesados en lo que pasa en el mundo, obviamente siempre y cuando sea otro el que aporte el dinero para comprar las noticias. Cuando podemos nos aprovechamos.
Los temas de mi Walkman continúan rotando. Llega el último y coincide justo con mi parada: Juramento. El conductor aplica los frenos gradualmente. Si no me aguanto y si me dejo llevar termino en el piso rodando. Para ese entonces, los pocos que quedan adentro se reúnen en la puerta. En mi mente me los vuelvo a imaginar como si estuvieran en una lata de sardinas: todos apretaditos, desesperados por salir. Suena la campana, las puertas se abren, dejo que se bajen todos y después los sigo. Desde afuera observo como el hombre raro de negro recuesta su cabeza contra la guitarra y se queda dormido.
Y, sabiendo que la única forma de volver a encontrarme con todos esos personajes es en mis cuentos, me aseguro de almacenar bien los detalles en mi cerebro y comienzo a relatar la historia mentalmente mientras subo las escaleras y me choco nuevamente con la vida acelerada de las calles bonaerenses.

- T.P. de Intro. al Periodismo

jueves, marzo 30, 2006

Periodismo: "Una fotografía diaria de las cosas del mundo"

Los seres humanos perdemos la vida buscando cosas que ya hemos encontrado.

La gente ya no compra diarios para informarse. Los compra para entender, para confrontar, para analizar, para revisar el revés y el derecho de la realidad.

Lo que buscan las narraciones [de los diarios] es que el lector identifique los destinos ajenos con su propio destino. Que se diga: a mí también puede pasarme esto. Hegel primero, y después Borges, escribieron que la suerte de un hombre resume, en ciertos momentos esencialas, la suerte de todos los hombres. Esa es la gran lección que están aprendiendo los periódicos en este comienzo de siglo.

Aunque en todas las viejas reglas hay una cierta sabiduría, no hay nada mejor que la libertad con que ahora podemos desobedecerlas. La única dictadura técnica de las últimas décadas es la que imponen los diagramadores, y éstos, cuando son buenos periodistas, entienden muy bien que una historia contada con inteligencia tiene derecho a ocupar todo el espacio que necesita, por mucho que sea: no más, pero tampoco menos.

Preguntar, indagar, conocer, dudar, confirmar cien veces antes de informar: ésos son los verbos capitales de una profesión en la que toda palabra es un riesgo.

No hay nada peor que una noticia en la que el redactor se finge novelista y lo hace mal.

El periodismo no es un circo para exhibirse, ni un tribunal para juzgar, ni una asesoría para gobernantes ineptos o vacilantes, sino un instrumento de información, una herramienta para pensar, para crear, para ayudar al hombre en su eterno combate por una vida más digna y menos injusta.

El periodismo nació para contar historias.

La realidad no nos pasa delante de los ojos como una naturaleza muerta sino como un relato, en el que hay diálogos, enfermedades, amores, además de estadísticas y discursos.

En América Latina, todos, absolutamente todos los grandes escritores fueron alguna vez periodistas: Vallejo, Huidobro, Borges, García Márquez, Fuentes, Onetti, Vargas Llosa, Asturias, Neruda, Paz, Cortázar, todos.

Para los escritores verdadesros, el periodismo nunca es un mero modo de ganarse la vida sino un recurso providencial para ganar la vida.

El compromiso con la palabra es a tiempo completo, a vida completa. El periodismo no es una camisa que uno se pone encima a la hora de ir al trabajo. Es algo que duerme con nosotros, que respira y ama con nuestras mismas víceras y nuestros mismos sentimientos.

Los maestros del idioma castellano...sabían cuándo un gato en las escaleras de cualquier palacio municipal era más importante que una crisis en los Balcanes.

Los seres humanos siempre tienen tiempo de enterarse de lo que les interesa.

Las palabras escritas en los diarios no son una mera rendición de cuentas de lo que sucede en la realidad. Son la confirmación de que todo cuanto hemos visto sucedió realmente, y sucedió con un lujo de detalles que nuestros sentidos fueron incapaces de abarcar.

El periodista...no es policía ni censor ni fiscal. El periodista es, ante todo, un testigo: acucioso, tenaz, incorruptible, apasionado por la verdad, pero sólo un testigo. Su poder moral reside, justamente, en que se sitúa a distancia de los hechos mostrándolos, revelándolos, denunciándolos, sin aceptar ser parte de los hechos.

Si los lectores no encuentran todos los días, en los periódicos que leen, una crónica, una sola crónica, que los hipnotice tanto como para que lleguen tarde a sus trabajos o como para que se les queme el pan en la tostadora del desayuno, entonces no tendremos por qué echarles la culpa a la televisión o a Internet de los eventuales fracasos, sino a nuestra propia falta de fe en la inteligencia de los lectores.

Contar la vida, como querían Charles Danah y José Martí, volver a narrar la realidad con el asombro de quien la observa y la interroga por primera vez: ésa ha sido siempre la actitud de los mejores periodistas.

Para poder hablar después hay que sobrevivir ahora.

Para hablar hace falta valor, y para tener valor hace falta tener valores. Sin valores, más vale callar.

-Una compilación de citas del artículo de Tomás Eloy Martínez, "El periodismo vuelve a contar historias". La Nación, miércoles 21 de noviembre de 2001.

Me parece un artículo espectacular y más para aquellos como yo que estudian periodismo. Decidí transcribir acá las ideas más importantes --según mi opinión-- por lo largo que es. Espero les guste.

Y para los que no se dieron cuenta después de leer este blog dedicado exclusivamente al periodismo, estoy fascinada con mi carrera. Cada día me gusta más. Mi meta es poder algún día llegar a ser tan buena escritora como los grandes novelistas que mencionó Martínez.

¡Deseen me suerte!

Besos*